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Eun Hee-kyung

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Dice la autora en el prólogo de su obra El regalo del ave: “Mantener la distancia entre lo que es mi vida y lo que yo soy supone aislar el ‘yo que ven’ del ‘yo que mira’ [...] Mi existencia se sostiene en ese tira y afloja que busca aislarse, pues lo que pretendo es poder observarme con el desapego que da la distancia”. Es este deseo suyo de mantenerse a distancia, la clave fundamental y una de las constantes vitales de su mundo literario.

La distancia de la que nos habla Eun Hee-kyung se produce, sobre todo, cuando una voz intercede entre el protagonista y el lector; o como diría en el prólogo arriba mencionado, cuando entre el protagonista (‘yo que ven’) y el lector aparece otra voz (la del ‘yo que mira’), la voz a través de la cual se guía el lector para conocer al otro yo, el ‘yo que ven’. El problema está en la mirada retorcida del ‘yo que mira’ al observar a su otro yo. No se identifica, ni mucho menos, más bien se burla de él, lo descalifica y lo ridiculiza, pero de esa mirada nace la distancia que caracterizan las novelas de la autora, sardónicas como contemplativas, conocidas como “novela de modos y costumbres”.

En este sentido, El regalo del ave y La liga menor son las dos novelas más representativas de Eun Hee-kyung. La acción transcurre entre finales de la década de los 60, 70 y 80, cuando la acelerada industrialización del país imprimió profundos cambios en la cultura nacional. Fiel a su deseo de mantenerse a distancia, deja a un lado la descripción del mundo interior de sus personajes, para adentrarse de lleno a la sociedad y narrar sus sucesos, que provienen no sólo de la retrospección particular de los personajes sino de otras fuentes y medios que recuerdan la propia historia.

El distanciamiento de Eun Hee-kyung no es sólo una técnica literaria, sino su propia forma de enfrentarse a la vida, algo estrechamente ligado a su visión del mundo y a sus valores. Quiere observarse con el desapego que da la distancia porque lo que ella desea es que el ‘yo que mira’ vigile y controle a su otro, ‘el yo que ven’, para que no se desboque ni se desmande, como una instancia moral y enjuiciadora, lo mismo que el Superyó de Freud o la mirada del ajeno interiorizada de Foucaul, vigile y controle a su otro, ‘el yo que ven’, a fin de que no se desboque ni se desmande. Sea como fuere, lo cierto es que el hecho de que exista un ‘yo que mira’ convierte el comportamiento del ‘yo que ven’ en una mera actuación. Así, por ejemplo, en El regalo del ave, la niña de doce años no parece en absoluto una niña sino que actúa por parecerlo. Este comportamiento, por supuesto, da pie a la reflexión. “¿Acaso no es una hipocresía o una pamema el hecho de mostrarme no como soy sino como me han hecho?”, pero se justifica y se acepta porque el ‘yo que mira’ vive protegido, resguardado como está de la mirada ajena, que presiona y humilla a su otro yo, el ‘yo que ven’. En este sentido, las heridas nunca serán para el ‘yo que mira’ sino para el ‘yo que ven’, que actúa para evitar ser dañado pero su misma actuación lo aleja más de la verdad, ya que un mundo interpretado carece de heridas auténticas y nadie que no lo haya padecido, puede ser poseedor del sufrimiento ni de ningún otro sentimiento genuino. Aquí reside la ironía que se transpira en las obras de Eun Hee-kyung. Tampoco el tema del amor, frecuentemente tratado en sus cuentos, se salva de esa burla sutil y disimulada. En El regalo del ave la niña se ve obligada a enfrentarse de forma precoz a los reveses de la vida -lo mismo que lo haría cualquier adulto-, y el amor, que empieza como predestinado, se abruma de repetirse que está enamorado, 

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